lunes, 28 de febrero de 2011

La Madre del Emigrante.





La idea de erigir en Gijón un monumento para honrar a las madres de los emigrantes surgió en 1958, a raíz de la celebración del I Congreso Mundial de Sociedades Asturianas. Sin embargo, hasta 1963, año de la celebración del II Congreso Mundial de Sociedades Asturianas, no se llegó a concretar la idea, optando por un emplazamiento frente al mar, en la zona de Rosario Acuña, y resolviendo celebrar un concurso de anteproyectos. En 1967, a instancias del director del Instituto Nacional de Emigración, Miguel García Sáez, se decide encargar la obra al escultor Ramón Murieras Mazorra, proponiendo como emplazamiento la zona denominada de “La Farola”, en la vertiente occidental del Cerro de Santa Catalina.
Dos años después, el alcalde encarga a los arquitectos Enrique Álvarez Sala y Fernando Cavestany, un estudio de obras complementarias para la remodelación del entorno donde se iba a asentar el monumento, proyectándose una gran plaza delante de la escultura como zona de entrada, con un muro al fondo, con un altorrelieve, para ocultar el monumento, creando un efecto sorpresa; y otra posterior alrededor de la misma, a la que se accedía por medio de unas escaleras en descenso situadas a ambos extremos del muro. La escultura se orientaba mirando al mar y se asentaba sobre una plataforma circular de rocalla, de modo que pareciese surgir del Cantábrico . Ante la imposibilidad de ubicarla en el Cerro, por seguir siendo un espacio militarizado, se optó por la zona del Rinconín, siendo inaugurada oficialmente el 18 de septiembre de 1970, coincidiendo con el V Congreso Mundial de Sociedades Asturianas. La obra, alejada de los cánones habituales de la escultura conmemorativa al uso, fue incomprendida, criticada y denostada durante largo tiempo, al entender que, en modo alguno, simbolizaba la imagen que los emigrantes a ultramar guardaban de sus madres. En 1977, la Madre del Emigrante, tras sufrir un atentado que mutiló su parte inferior y los embates de una gran galerna que la inclinaron peligrosamente, fue retirada para su restauración (realizada por Francisco Macías), permaneciendo en los almacenes municipales, hasta los primeros años ochenta, pese a haberse barajado la posibilidad de emplazarla en los remodelados Jardines del Náutico en 1978.
En esa misma fecha se instaló en el Campo Valdés la estatua del emperador Octavio Augusto, que fué muy bien acogida en la ciudad por su estética clásica, en contraposición a la modernidad que suponía la Madre del Emigrante. se decia maliciosamente que se había instalado en el Rinconín por no haberse encontrado otro punto más alejado del corazón de la ciudad.

Texto extraido de: La obra pública municipal en Gijón entre 1938 y 1978. Francisco Javier Granda Alvarez.

Vaya desde aquí mi pequeño homenaje a una obra y a su autor, imcomprendidos ambos durante muchos años en Gijón.

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