miércoles, 30 de marzo de 2011

Gijón. La calle de los Moros.









Quiero dedicar, con todo mi cariño, esta entrada del blog , a mi hermana Teresa, por los momentos vividos en la que fué y será siempre nuestra calle.

Hubo quien escribió, con tanta irreverencia como picardía y agudeza, que el apóstol San Pedro, pese a tener un credo, una vida, una persecución y una, muerte en la cruz, iguales a las de Jesús, no fué, sin embargo, Cristo. Y esta ingeniosidad -de Oscar Wilde, creo, ¿de quién, si no?- me parece a mí que, si la desgajamos del alto del símil en que se produjo y la hacemos bajar al polvo de la tierra y de las vias urbanas, bien podria servir para caracterizar a la calle de los Moros respecto a su mítica equidistante, la calle Corrida. Dos vías -y dos vidas- paralelas, de nebulosa y análoga antiguedad, de similar trazado, de edificación semejante y de centralidad compartida, que, a pesar de todo eso, jamás gozaron de igual rango.
La calle Corrida fué plebiscitada, desde sus orígenes, como reina del pueblo y vocera de sus fastos y ocurrencias, mientras que la de los Moros -a dos trancos de ella- se hacía paso (sin paseo) de carácter comercial. Se hacía calle carente de cafés, de terrazas, de pausas y asentamientos. No era tan larga como Corrida. No se mojaba en el Muelle. Pero,¡qué cuna, para nacer, la suya, a la espléndida luz del Banco de Gijón! ¡Qué luminosidad, en la cintura, la que le llegaba -y le llega- del mar, por la calle de Jovellanos! ¡Qué derecha iba -y va- sin codos de Munuza, hasta darse de remate, en el redondel del Seis de Agosto, con el hermoso edificio de Correos! ¡Qué segundona tan principal y tan guapa!
Pero, claro, como digo, nos pasámos la vida yendo y viniendo por Corrida y, ahora, al evocarnos en la calle de los Moros, parece como si estuviéramos en un descampado, como si nunca nos hubiéramos entrañado en ella. Y, sin embargo, no fué así. Esa calle tiene, como todas las de Gijón, su propio peso y entidad en la história de nuestras vidas. Nos vemos pasar y estar en ella, mirándola y aprendiéndola, sin saberlo, a medida que crecíamos. Nos vemos ir necesitando los huecos de sus portales y de sus tiendas -de niños a hombres- para parar los pálpitos del cuerpo y para disfrutar de su dulce belleza de tendido de sol y sombra.
Antes de que desapareciera (por traslado al Mercado del Sur), algunos de nosotros recordamos el quiosco de Pachín de Melás, una especie de templete, frente a Correos, en el que nuestros padres nos compraban tebeos. Y, más allá, estaba la Burgalesa, un bazar donde había de todo y a cuyos escaparates nos arrimábamos, excitados, tironeando de nuestros mayores. Y, más allá, había una peluquería, junto a la farmacia Arza, a la que se tenía acceso moviendo, y haciendo sonar, con dulce sonido, los coloreados pinjantes de caña que cubrían su dintel; una peluquería memorable, donde, ceñidos por un paño blanco, tuvimos que vencer, durante mucho tiempo, la inquietud, los picores, las ganas de rascarnos y el cálido aliento en la nuca, del maestro barbero, que nos subía y nos bajaba la cabeza sin demasiadas contemplaciones.
Después, ya estudiantes del Instituto, el cine Roma, junto a Correos, frente a una bonita perfumería (con bonitas señoras dentro), que se llamaba Salgado; el cine Roma -digo- fué un reducto de nuestros sueños, tan importante como el que más. Era un local de películas de reestreno, estrecho y largo, con sillas de madera y un solo pasillo central, sin desahogo por los costados. Allí nos embutíamos para ver, por un módico precio, grandes y hermosa cintas, que nos hemos olvidado. Allí vimos, por vez primera, a Chaplin, en ¨Luces de Ciudad¨. Era un ser frágil, un paria encantador; un mendigo judío, medio bailarín, medio gentil-hombre, medio holgazán, que siempre sufría y siempre era derrotado. Allí vimos a Greta Garbo, con sus rasgos fatales, su helado magnetismo y su sensualidad de cristal. Parece, ahora mismo, que la vemos, que la estamos viendo, en el Roma, tan bella, con su sombrero de gasa, jugando al cricket, en ¨Ana Karenina¨, o tosiendo y riendo, en su cena de ¨Margarita Gautier¨....
Más tarde, cuando ya frecuentábamos la librería Lyceum y charlábamos ¨de la situación española¨con su dueño, el señor Artime, descubrimos, en su establecimiento, entre otras novedades conmocionantes, ¨Los grandes cementerios bajo la Luna¨, de Bernanos, y ¨Requiem por un campesino español¨, de Sender, que leíamos con avidez, mientras la gente guapa se retrataba en Parsán, Mariano (al llegar Franco a Gijón) ponía, en su escaparate, ¡Mariano, Mariano, Mariano! y nadie se fijaba, saliendo y entrando de el Nuevo Mundo a El Negrito y de la Droguería Central a Verdú, en que, junto a El Cometa, se hacía perdurable una lápida, con la inscripción de : Los Republicanos gijoneses a su inolvidable correligionario Don Tomás Zarracina. Febrero de 1900. Así es la vida.
Y así es la calle de los Moros, ruta comercial y ciudadana de progresivo encanto, que ha venido a convertirse, ahora mismo, a nuestro juicio, en una de las calles más nobles y más hermosas de Gijón.
El texto pertenece al libro: Espacios Gijoneses de Ernesto Salanova
Editado en el año 2007 por el Ateneo Jovellanos.


6 comentarios:

  1. Un pequeño comemtario referente a Mariano, el de bolsos Mariano, dice que nadie se fijaba, excepto la autoridad competente , que le puso una multa de 1000 pesetas de las de antes, por cada Mariano que escribió en el escaparate.Total 3000
    un saludo. Francisco

    ResponderEliminar
  2. Suscribo todo lo que dices, también fue mi calle y de las bonitas señoras dentro de la drogueria Salgado , aún hay una de ellas.

    ResponderEliminar
  3. Y cuando pinto en las lunas de su escaparate: HAY FELPUDOS PARA TODOS LOS USOS. Sin comentarios

    ResponderEliminar
  4. Hola Francisco gracias por tú comentario. Ya sabia de Mariano y sus Marianerias, pero no quise ampliarlo por que Mariano se merece una entrada para él solo. Un saludo

    ResponderEliminar
  5. Hola Luis, mariano Nava se merece unas cuantas entradas pa el solu, buen comerciante, persona célebre y querida en Gijón, utilizaba la poesia como gancho publicitario de su negocio.La frase que le costó el disgusto de la multa era la siguiente
    ¡Mariano, Mariano, Mariano!
    El Caudillo de las Medias.

    ResponderEliminar
  6. Lo mejr de la calle Moros (1970s), la jugueteria Carrusel

    ResponderEliminar