miércoles, 30 de marzo de 2011

Gijón. La calle de los Moros.









Quiero dedicar, con todo mi cariño, esta entrada del blog , a mi hermana Teresa, por los momentos vividos en la que fué y será siempre nuestra calle.

Hubo quien escribió, con tanta irreverencia como picardía y agudeza, que el apóstol San Pedro, pese a tener un credo, una vida, una persecución y una, muerte en la cruz, iguales a las de Jesús, no fué, sin embargo, Cristo. Y esta ingeniosidad -de Oscar Wilde, creo, ¿de quién, si no?- me parece a mí que, si la desgajamos del alto del símil en que se produjo y la hacemos bajar al polvo de la tierra y de las vias urbanas, bien podria servir para caracterizar a la calle de los Moros respecto a su mítica equidistante, la calle Corrida. Dos vías -y dos vidas- paralelas, de nebulosa y análoga antiguedad, de similar trazado, de edificación semejante y de centralidad compartida, que, a pesar de todo eso, jamás gozaron de igual rango.
La calle Corrida fué plebiscitada, desde sus orígenes, como reina del pueblo y vocera de sus fastos y ocurrencias, mientras que la de los Moros -a dos trancos de ella- se hacía paso (sin paseo) de carácter comercial. Se hacía calle carente de cafés, de terrazas, de pausas y asentamientos. No era tan larga como Corrida. No se mojaba en el Muelle. Pero,¡qué cuna, para nacer, la suya, a la espléndida luz del Banco de Gijón! ¡Qué luminosidad, en la cintura, la que le llegaba -y le llega- del mar, por la calle de Jovellanos! ¡Qué derecha iba -y va- sin codos de Munuza, hasta darse de remate, en el redondel del Seis de Agosto, con el hermoso edificio de Correos! ¡Qué segundona tan principal y tan guapa!
Pero, claro, como digo, nos pasámos la vida yendo y viniendo por Corrida y, ahora, al evocarnos en la calle de los Moros, parece como si estuviéramos en un descampado, como si nunca nos hubiéramos entrañado en ella. Y, sin embargo, no fué así. Esa calle tiene, como todas las de Gijón, su propio peso y entidad en la história de nuestras vidas. Nos vemos pasar y estar en ella, mirándola y aprendiéndola, sin saberlo, a medida que crecíamos. Nos vemos ir necesitando los huecos de sus portales y de sus tiendas -de niños a hombres- para parar los pálpitos del cuerpo y para disfrutar de su dulce belleza de tendido de sol y sombra.
Antes de que desapareciera (por traslado al Mercado del Sur), algunos de nosotros recordamos el quiosco de Pachín de Melás, una especie de templete, frente a Correos, en el que nuestros padres nos compraban tebeos. Y, más allá, estaba la Burgalesa, un bazar donde había de todo y a cuyos escaparates nos arrimábamos, excitados, tironeando de nuestros mayores. Y, más allá, había una peluquería, junto a la farmacia Arza, a la que se tenía acceso moviendo, y haciendo sonar, con dulce sonido, los coloreados pinjantes de caña que cubrían su dintel; una peluquería memorable, donde, ceñidos por un paño blanco, tuvimos que vencer, durante mucho tiempo, la inquietud, los picores, las ganas de rascarnos y el cálido aliento en la nuca, del maestro barbero, que nos subía y nos bajaba la cabeza sin demasiadas contemplaciones.
Después, ya estudiantes del Instituto, el cine Roma, junto a Correos, frente a una bonita perfumería (con bonitas señoras dentro), que se llamaba Salgado; el cine Roma -digo- fué un reducto de nuestros sueños, tan importante como el que más. Era un local de películas de reestreno, estrecho y largo, con sillas de madera y un solo pasillo central, sin desahogo por los costados. Allí nos embutíamos para ver, por un módico precio, grandes y hermosa cintas, que nos hemos olvidado. Allí vimos, por vez primera, a Chaplin, en ¨Luces de Ciudad¨. Era un ser frágil, un paria encantador; un mendigo judío, medio bailarín, medio gentil-hombre, medio holgazán, que siempre sufría y siempre era derrotado. Allí vimos a Greta Garbo, con sus rasgos fatales, su helado magnetismo y su sensualidad de cristal. Parece, ahora mismo, que la vemos, que la estamos viendo, en el Roma, tan bella, con su sombrero de gasa, jugando al cricket, en ¨Ana Karenina¨, o tosiendo y riendo, en su cena de ¨Margarita Gautier¨....
Más tarde, cuando ya frecuentábamos la librería Lyceum y charlábamos ¨de la situación española¨con su dueño, el señor Artime, descubrimos, en su establecimiento, entre otras novedades conmocionantes, ¨Los grandes cementerios bajo la Luna¨, de Bernanos, y ¨Requiem por un campesino español¨, de Sender, que leíamos con avidez, mientras la gente guapa se retrataba en Parsán, Mariano (al llegar Franco a Gijón) ponía, en su escaparate, ¡Mariano, Mariano, Mariano! y nadie se fijaba, saliendo y entrando de el Nuevo Mundo a El Negrito y de la Droguería Central a Verdú, en que, junto a El Cometa, se hacía perdurable una lápida, con la inscripción de : Los Republicanos gijoneses a su inolvidable correligionario Don Tomás Zarracina. Febrero de 1900. Así es la vida.
Y así es la calle de los Moros, ruta comercial y ciudadana de progresivo encanto, que ha venido a convertirse, ahora mismo, a nuestro juicio, en una de las calles más nobles y más hermosas de Gijón.
El texto pertenece al libro: Espacios Gijoneses de Ernesto Salanova
Editado en el año 2007 por el Ateneo Jovellanos.


martes, 29 de marzo de 2011

Gijón. Año 1967 (II)











XIXÓN

Desde el altu la Atalaya
yo contemplo, mi Xixón
la playa de San Lorenzo
y el campu del Molinón.

Desde mi barriu del Carmen
hasta el Puentin de La Guia
lo va diciendo la xente
no hay tierra como la mia.

Y esto ye verda
que también lo digo yo
ye el Xixón de mis amores
y orgullo de la región.

Además les chavalines
tienen gracia y alegria
sobre todo si nacieron
en el barriu Cimavilla.

Si subes al Infanzón
a contemplar el paisaje
desde allí verás Xixón,
belleza incomparable.

Y esto ye verda
que también lo digo yo
ye el Xixón de mis amores
y orgullo de la región.

Jose Gonzalez Cristobal ¨El Presi¨

Gijón. Año 1967 (I)












En el año 1967 el Ayuntamiento de Gijón, aprueba la edición de un plano- guia de la ciudad, incluyendo la relación de calles con nueva denominación. Comenzaba con una sintesis histórica del por entonces cronista de la villa, Joaquín Alonso Bonet. El alcalde de Gijón por aquellas fechas era Ignacio Bertrand y Bertrand (Julio de 1961) sucesor de Cecilio Oliver. La guía vió la luz al año siguiente. Se imprimió en Cia A. de artes Gráficas, y las fotografías eran de Ignacio García.

El que subscribe por aquel entonces contaba con 5 años de edad (yá llovió) así que la entrada de hoy, va dedicada a aquel año. Vamos a caminar por las calles de Gijón, recordando aquellos lugares, hoy desaparecidos la mayoria (sobre todo los cines, no queda ni uno) , pero será mejor que los vayais descubriendo vosotros mismos.

lunes, 28 de marzo de 2011

Gijón. Barrio de Cimavilla.








El barrio de Cimavilla fué declarado Bien de Interés Cultural con categoría de Conjunto Histórico el 20 de febrero de 1975 (BOE 21 de marzo de 1975). En el año 1977, el Colegio de Aparejadores y Arquitectos Técnicos de Asturias, editó un libro llamado Andar y ver Cimadevilla (Texto José A. Lopez-Urrutia. Fotografía Emilio Cueto). Las fotografías pertenecen al libro.

RED
—Arría, chacho.
y desciende la red hasta el panel.
—Va boya.
Preludia el va boya la saliente cuerda
donde el corcho se ha de atar.
Quedas plegada en el fondo,
arrebujada como un monstruoso gato, red
Del puerto zarpas hacia el dudoso mar .
Reposan las manos en la espera inquieta
avizorando el instante huidizo y breve
en que el horizonte decapite el sol
para alertadamente
nerviosa deslizarte vertical,
sorbiendo entonces tus escaques
todo el agua y sal del mar .
Ha de ser cuando el sol expire;
sólo entonces descenderás
porque en ese sincronizado y efímero momento
si es posible que la sardina rauda
sature de aprisionadas agallas
la red de Cimadevilla.
La mirada de la red
—ojos en rombo—
puede quedar vacía,
pero si el azar del mar es bondadoso
y conduce bien la manada de sardinas
entonces:
¡Izad la red, marineros,
que está llena de alegría!

Poema del libro " BARRIO DE CIMADEVILLA" Autor: Luciano Castañón

LUIS MIGUEL PIÑERA En el pasado de Gijón, ¿habría algún ciudadano que no tuviera un apodo? Parece difícil, y además el mote pasaba de padres a hijos. Incluso alguno de esos apodos pasó al callejero local, por ejemplo, La Argandona, la hermana de Jovellanos, pero también varios más. El camino del Pintu, junto a El Sucu, se llama así oficialmente desde 1990 pero ya muchos años antes recordaba (porque la voluntad popular así lo quiso) a José Sánchez Suárez «El Pintu» famoso enterrador en Ceares, y que vivía en ese camino. Una calle emblemática de Cimavilla, la calle de Atocha, de hecho no recuerda a la que fuera -antes de Nuestra Señora de la Almudena- la patrona de Madrid. Nunca en Gijón hubo un culto especial a esa virgen de Atocha, ni su imagen estuvo en ninguna capilla local. La cosa es más prosaica. En antiguos libros de nacimiento, matrimonio y defunción vemos a vecinos de Cimavilla residentes en la calle de La Tocha, o La Toxa, un apodo sin duda. De vivir en la calle de La Tocha derivó la cuestión en vivir en la calle de Atocha.

¿Dónde podemos informarnos del tema de los alias y sobrenombres gijoneses? Por ejemplo en un trabajo del cura Enrique García Rendueles, fallecido en el año 1955, el autor de «Los nuevos bablistas» y la letra del «Himno a Covadonga». El largo nombre del manuscrito es «432 antiguos apodos de Gijón (1850-1890) anotados por D. Enrique García Rendueles, presbítero, con la colaboración de su padre D. Ricardo (1853-1928) y Doña Rufina Morán la Bandera», y se puede consultar en la Biblioteca Asturiana del padre Patac. Pero además Vicente García Oliva publicó un artículo sobre el tema en la revista «Lletres Asturianes», número 51 de marzo de 1994, titulado «Nomatos de Xixón recoyíos por don Enrique García Rendueles», y por supuesto está el trabajo de Luciano Castañón titulado «Apodos y sobrenombres de Gijón». Primero se publicó en el Boletín del RIDEA (número 114, año 1985) y luego en la antología sobre Castañón titulada «Escritos Gijoneses». También vemos una larga lista de apodos gijoneses en la prensa local del 25 de abril de 1887 y en el libro «Cimadevilla recuperada. Atlas playu» que la asociación de vecinos Gigia editó en el año 1999. Anotamos algunos de esos apodos recogidos de esas fuentes.

DE HOMBRES: El Fungu, El Porcelanu, El Güérfanu, Esparteru, El Princesu, Toliví, El Talaboru, Perico el Bolo, Xuan el Francés, El Casín, Palombín, Xuan del Aire, Xuan de los Trapos, Perico Pión, El Frayau, El Tanfonín, Patacú, Antonio saca el rau, El Truenu de Xixón, Juan de la Fandanga, Pachuchenora, Sietededos, Andresín de Marixuaca, Blancofino, Casimiro el Güevu, Xuaniquera, Joaquinillo Rodajas, El Esperteyu, Mingo Hueco, El Tronu, Ginigini, Xuan de los Cuentos, El Mariquetu, Quince Nietos, Cigoreya, Coxu la Palanca, Bemol, Peluca, El Penosu, Papones el Carlista, El Desoreyau, El Zancarru, Guapitamente, Madruga, El Mamón, El Morcilleru, El Gochín, Barriguina, El Chepa, El Calafate, Cara de Cádaba, Llagrimina, Garibaldi, Filimiquis, Churulú...

DE MUJERES: La Funga, La Marota, Gasparina, La Millota, La Muerte, La Escapadita, Cagarriales, Zampuca, María los Perros, Juana el Majo, La Pesamentera, La Xícara, La Balumba, La Esguanchada, La Quinciana, Gala Ventanes, La Musela, La Pucha, Rita el Fornu, La Zapica, Viuda los Dentones, La Fandango, La Fraila, La Perola, La Guatusca, Mil Hombres, María los Buscaniños, La Farruca, La Chiguirita, La Culopera, La Cacarañada, La Chuchona, La Pedorrea, La Muda, La Chaquetona, Colegiata, Colasa Peseta, La Coxa la Palicia, La Faldapa, Lechepresa, Les de la Estafeta, La Cebona, La Xata la Mula, La Castañona, Tina Santa, Les Entrometes, La Chigra, La Peruya, María la Pondala, La Levita, María la Pelada, Trafulca, La Toxa, La Vigarina, La Truchera...

La Nueva España. Jueves 24 de junio de 2010

viernes, 25 de marzo de 2011

Gijón 1959. Los Semáforos.









Noticia extraida de la Nueva España del Domingo 26 de julio de 2009.
J. M. CEINOS

Cuentan en las enciclopedias que fue un ingeniero británico, un tal J. P. Knight, especialista en señales de ferrocarril, el inventor del semáforo. Y que el primero se colocó a finales de 1868, en plena época victoriana, en Westminster, el barrio gubernamental de Londres. Aunque también relatan que el 4 de agosto de 1914 (recién iniciada la Gran Guerra), se instaló el primer semáforo «moderno» en la ciudad estadounidense de Cleveland.

Los gijoneses tuvieron que esperar unos cuantos años más para ver en las calles de su ciudad el primer sistema de regulación vial con semáforos. Fue el lunes, 27 de julio de 1959 , cuando empezó a funcionar, a las diez de la mañana. Desde entonces, las luces rojas, amarillas y verdes se mimetizaron con el paisaje urbano, a pesar de las chanzas iniciales.

Cincuenta años después, la regulación semafórica local, que depende del Centro de Control Integral de Servicios (CCIS) situado en el edificio racionalista de la Jefatura de la Policía Local, en la calle de San José, se compone básicamente de 12 centrales de zona, 267 reguladores, 5.742 semáforos, 722 báculos, 1.666 columnas, 548 avisadores acústicos, un circuito cerrado de televisión con 31 cámaras de vigilancia de tráfico y 265 balizas luminosas colocadas en diferentes pasos de peatones para llamar la atención de los conductores y respeten la prioridad de los viandantes.

«El problema de la regulación automática del tráfico ya está virtualmente vencido. Hora era de que Gijón se viese liberado de esta penitencia urbana», escribía Carbayín el 1 de julio de 1959 en el diario local «Voluntad». Le hacía el periodista Carbayín una entrevista al «representante de la casa instaladora», a los dos meses de que comenzaran «a levantarse aceras y calzadas para el tendido de las líneas eléctricas alimentadoras de los semáforos», entre comentarios humorísticos del tono: «Esto, ya nos lo contarán los que vengan detrás».

Con un presupuesto de 2.600.000 pesetas, el Ayuntamiento (era entonces alcalde el militar de profesión Cecilio Oliver Sobera), ponía el resto en dotar a Gijón, que tenía entonces menos de 125.000 habitantes, contando la población total del concejo, de un completo sistema de semáforos. Era muy superior al de Oviedo, cuyo Ayuntamiento había contratado la instalación de señalizaciones luminosas con un presupuesto más «roñoso»: 800.000 pesetas que daban para treinta y seis postes.

El primer cruce regulado con semáforos, en pruebas, fue el de la calle de Ezcurdia con la de Menéndez y Pelayo, en el barrio de La Arena. A un lado, la Fábrica del Gas, y al otro, las instalaciones del Grupo de Cultura Covadonga, con su piscina, frontón, pista de tenis y cancha de baloncesto. En otra esquina, el bar Casa Manolo, y en la otra, la popular tienda de José el Castellano.

Cuenta Juan Martín Merino, «Juanele», vecino antiguo de la calle del Molino, que se colocó el primer semáforo en dicho cruce, que llamaban «de la muerte», por el gran número de accidentes que hubo allí, especialmente uno muy grave: el atropello de una mujer, que resultó muerta, y dos niñas, que sobrevivieron.

La prensa local de julio de 1959 está salpicada de críticas por la tardanza en poner en funcionamiento el sistema semafórico. El 21 de julio, en el editorial local de «Voluntad», se puede leer: «Gijón es ya una gran ciudad, el tráfico urbano se complica por días y la instalación de semáforos al modo de las grandes capitales era, a la vez, una necesidad y un interesante ornato».

El «palo» venía en el tercer párrafo: «Tal vez se ha demorado más de lo que se esperaba el funcionamiento de las señales luminosas. Pero todo llega, y ayer fueron hechas las pruebas iniciales, que continuarán hoy por sectores».

Antes del gran día de la puesta en marcha de los semáforos, el sábado, 25 de julio, «Voluntad» dedicaba la información principal de su página cuarta a dar cuenta, a cinco columnas, de que «El lunes comenzarán a funcionar todos los semáforos».

En el periódico también se informaba sobre las «normas a las que deberán sujetarse peatones y conductores». Por ejemplo, se explicaban los tres colores característicos de los semáforos: «El color rojo en el semáforo significa detención, el verde, paso libre, y el color amarillo, transición del verde al rojo (...) El color verde, en pasos para peatones, está regulado para 15 segundos, es decir, que el peatón tiene sólo ese tiempo para cruzar».

Por fin, el 27 de julio se inauguró la red semafórica y al día siguiente, en su primera página, «Voluntad» publicaba una foto a dos columnas, de Guerrero, del paso de peatones de la calle de Munuza con Corrida, semáforo incluido.

Las imagenes, con la excepción de la del Gaviotu, (Coses del Gaviotu de Rovés) pertenecen al periodico La Voluntad.

jueves, 24 de marzo de 2011

Antonio Carreta Passaporte









Antonio Passaporte (1901-1983) , hijo de Joao Pedro Braga Passaporte, fotógrafo que trabajó para la Casa Real portuguesa, se estableció en 1924 en Madrid, a donde llegó con un contrato de los Laboratorios Cinematográficos Madrid Films, tal y como se indica desde el Archivo Fotográfico Municipal de Lisboa, institución que dispone en la actualidad de una colección de casi 14.000 negativos del fotógrafo portugués, con imágenes de los años 1940 y 1950, resultado de diferentes encargos de la Cámara Municipal de la capital portuguesa y de la colección adquirida en 1997 y 1998 a Rodolfo Passaporte, hijo del socio de Loty.

Antonio Passaporte relato su relación con la Casa Loty en el capitulo ‘Fotografo de monumentos’ de sus ‘Memorias de la Guerra Civil Española’, un manuscrito conservado por sus descendientes y amablemente cedido para esta publicación.

“Dos años después de trabajar en Madrid-Films, en 1926, por mediación de mi hermano Bernardo, entraba a trabajar para la firma denominada Charles Alberty & Cia. Esta firma se dedicaba a la fabricación de papeles heliográficos y simultáneamente era representante de papeles fotográficos. Mi sueldo era superior al que estaba ganando; de diez pesetas diarias, pase a ganar cincuenta más el 3% del valor de la mercadería vendida por mí y tenía un pase kilométrico para mis viajes. Durante estos viajes, siempre que tenía tiempo, hacía algunas fotografías de paisajes y de monumentos. En estas condiciones, mi misión de viajante se vio poco a poco aumentada con la dedicación a la fotografía turística, orientado por Charles Alberty. La intención era fomentar el turismo en España, una iniciativa que me entusiasmó, predestinado tal vez por mi apellido [Passaporte], documento que era indispensable para todo turista. Alberty me puso al corriente del valor turístico de las postales, pues me enseñó algunas variadísimas, hechas en Francia por un especialista, un verdadero artista en sus composiciones que firmaba sus trabajos como Ivon. De hecho, el encuadre era maravilloso, haciendo destacar del infinito los primeros planos. Alberty adquirió una máquina fotográfica 10x15, marca ICA, con la que inicié este género de la fotografía, al mismo tiempo que visitaba la clientela de papeles heliográficos y fotográficos. Cuando algunos meses después ya existía una buena serie de clichés y respectivas copias, tanto de exteriores como de interiores de iglesias y de palacios, se hizo una selección, ampliada a 30x40 y se expuso en un salón adecuado para que el publico pudiese apreciar las maravillas de paisaje y monumentos de España. La exposición fue muy apreciada y mereció las mejores referencias de cuantas entidades allí estuvieron. El gobierno del general Primo de Rivera, que fomentaba el desarrollo de las industrias, la agricultura y las artes, adquirió todo el trabajo expuesto y lo utilizó en exposiciones que se hicieron de acuerdo con las embajadas de España en varios países, siendo distribuidos al mismo tiempo folletos alusivos a los aspectos representados”.

La firma Loty obtiene el 22 de noviembre de 1927, de la Intendencia General de la Real Casa y Patrimonio –según se indica en las memorias de Antonio Passaporte– la primera credencial a nombre de los dos socios para fotografiar interiores y exteriores de los jardines y dependencias del Real Sitio de Aranjuez, lugar de veraneo de la familia real, comprometiéndose a entregar una copia de cada cliché, lo mismo que sucedió para poder fotografiar otros palacios monumentos.

El negocio de la fotografía siguió creciendo y Passaporte señala la realización de “otras exposiciones, tanto en España como fuera del país, en las que se ganaron algunas medallas, tanto de plata como de oro, que se quedaron en poder de la firma de Alberty”. Además de las fotografías destinadas a postales turísticas, la Casa Loty se dedicó al género religioso. En enero de 1929, en una carta remitida por C. [Concepcion] López, la esposa de Charles Alberty, al cura párroco de San Martín de Valdeiglesias (Toledo) se ofertan “nuestros trabajos de fotografía en estampas religiosas de diversos tamaños”, al tiempo que la posibilidad de “hacer alguna reproducción en tarjetas o estampas de la imagen más venerada de la localidad”.

Concha López no sólo participaba activamente como trabajadora de la empresa, sino que las dos primeras letras de su apellido, unidas a las ultima silaba del apellido del fotógrafo francés configuraron el sobrenombre Loty, la firma con la que se rubricará toda la obra fotográfica y bajo la que figurarán el resto de sus actividades empresariales.

Así, una factura fechada en Madrid, en noviembre de 1932, significa la existencia de ‘Editions Loty’ dedicada a la edición de postales artísticas de Francia y del extranjero y domiciliada en Burdeos, extremo que no ha podido ser confirmado hasta la fecha, ya que desde el Archivo Municipal de Burdeos se asegura que “de Editions Loty, en el 9 de la Rue Laville de Burdeos, no existe rastro en las guías de la época”. También en los años 30 la fábrica de papel ferro-prusiato y heliocrom con domicilio en el numero 39 de la calle de Silva de Madrid, se llama Loty.

“El seudónimo –escribió Passaporte– dio origen a que en muchas ocasiones pensasen que este era mi nombre, ya que yo era el autor de todas las fotografías. Era conocido como el ‘señor Loty’, aunque en las credenciales siempre figuró el apellido Passaporte”.

Los libros de cuentas de la Casa Loty llegan hasta el año 1936. Las memorias de Antonio Passaporte nos acercan de nuevo lo ocurrido. “Iniciada la Guerra Civil, la firma Alberty & Cia tuvo que cerrar. Carlos Alberty y su esposa regresaron a Francia”. Passaporte quedó al frente de la Casa Loty, pero no eran buenos tiempos para el negocio. El fotógrafo portugués encontró un trabajo en ‘Abastos’ y más tarde se alistó a las Brigadas Internacionales e inmortalizó con su cámara el devenir del frente en la Sierra de Guadarrama.

Al finalizar la guerra española, la editorial de postales Arribas, de Zaragoza, le ofrece trabajo a Passaporte, pero el fotógrafo ya ha decidido regresar a Portugal. Arribas le propone entonces adquirir las postales de la extinta Casa Loty. La operación se materializa finalmente.

Una vez en Lisboa, Antonio Passaporte continuó hasta su muerte, en 1983, al frente de su negocio de edición y venta de postales.

Passaporte ha recibido en Portugal, aunque después de su muerte, un merecido reconocimiento por parte de algunas instituciones. Los ayuntamientos de Lisboa, Oeiras y Evora han organizado diferentes exposiciones y en las dos últimas una calle con su nombre rinde tributo al fotógrafo que, a través de sus postales, contribuyó a promocionar la imagen turística del país vecino.

Texto extraido de: Sesenta años en el olvido. Isabel Barrionuevo Almuzara

Las fotografías pertenecen al libro: Asturias 1928. Fotografías de Loty