viernes, 29 de abril de 2011

Gijón. Librería Paradiso.











El telar de Penélope

La librería Paradiso, que acaba de cumplir treinta y cinco años, es una de esas embajadas del alma humana

XUAN BELLO. 24.04.11
Las he encontrado en muchas ciudades, atopadizas y secretas; una buena librería no es sólo un lugar donde se despachan libros. Algo sagrado, que tiene por límites porosos el amor por la literatura, halla hueco entre sus estantes cuidados. Esas embajadas del alma humana son raras por mucho que abunden en cada ciudad: el milagro tiene esa gracia de suceder donde menos se espera. Recuerdo aquella tarde en Little Japan, en Los Ángeles, donde entré en una librería japonesa. No podía entender ningún libro, escritos en japonés, ni siquiera saber sin preguntar dónde estaba la sección de poesía. Pero de repente me sentí en casa: no era un cliente sino un cómplice.
Paradiso, la emblemática librería gijonesa de la calle de la Merced, es una de esas embajadas del alma humana. Acaba de cumplir 35 años, nada menos, y en el hondón del silencio renacen ahora anécdotas, complicidades, recuerdos. José Luis Álvarez, su fundador, me cuenta que la abrió en Cimavilla en 1976, en un tiempo donde la meta era leer 'Bajo el volcán' de Malcom Lowry o el 'Ulises' de James Joyce, novelas que no se encontraban en España y que él puso a disposición de los gijoneses en ediciones sudamericanas. «Nos especializamos en tener todo lo que otros no tenían, movidas de ocultismo, libros malditos, poesía, de todo; aunque te parezca mentira, un autor como William Blake era inencontrable. Nosotros lo teníamos», nos dice José Luis sonriendo por dentro. Era un tiempo aquel en el que los jóvenes del MCA y los troskistas de la Liga soñaban y diseñaban la modernidad que estaba a punto de precipitarse sobre todos, sobre los vivos y sobre los muertos: la luna también era de Xixón.
De Cimavilla, a los dos años, se trasladaron a la Merced. Le alquilaron el bajo a Habib Salman, un armenio «culto y formal» experto en tintes. El traslado de la librería fue lo de menos, lo de más sacar todo el material que dejó Salman: «Yo tenía», me dice José Luis, «una furgoneta hippie y tuvimos que hacer 12 viajes para desalojar todo aquello». El actual Paradiso lo diseñaron entre cuatro amigos, todo el mundo echó una mano. El altillo lo soldó Jesús Castañón y la pared donde están los vinilos la cargó Luis Fueyo, uno de los primeros surferos de la ciudad. También colaboró Jacobo, «un antifranquista irreductible», y Chema Castañón, que entonces comenzó a trabajar en la librería, colocaba los libros haciéndose con su destino.
No ha perdido ni un ápice Paradiso de aquel sabor del 76. Por aquí pasaron Navascués, el gran escultor de la vanguardia española, Juan Cueto, el pintor Bonilla. También Francisco Carantoña, escritor y director de EL COMERCIO, que cayó con agilidad por las tres escaleras que conducen a la reflexión y, de un salto, se salvó del golpe apoyándose en un volumen de Chateaubriand. Quien no se libró de la llombada fue Ignacio Beltrán, antiguo alcalde de Xixón, una persona que, me cuentan, pesaba mucho más que las obras completas de Benito Pérez Galdós. «Necesitemos cinco o seis persones pa llevantalu», me dice con sorna asustada José Luis, «y en cuantes lu llevantemos salió a la fuga sin dicir palabra».
He de confesar, a estas alturas de la crónica, que hasta ahora yo no he sido cliente de Paradiso. Ovetense recalcitrante el menda en más de una ocasión recibió como regalo un libro o un disco comprado en esa librería. Vicente Duque, poeta secreto, o Boni Pérez, el poeta de Los Locos, me daban un libro o un disco, envuelto en el papel de la ilusión, y me decían: «Comprételu en Paradiso»; y yo me quedaba soñando distancias, un paraíso secreto, una luna brillando sólo para que yo soñase.
Los economistas hablan ahora, con mucha solvencia, del valor añadido. Tarde se aprende lo sencillo. No es lo mismo comprar un libro en un sitio o en otro. Hay un valor sentimental, un valor que no se puede medir ni pagar, un valor que trasciende el valor. Chema Castañón, que tiene Paradiso y toda la literatura en su cabeza, me explica el secreto: «Paradiso es el telar de Penélope perfecto. Rehacemos cada noche lo que los clientes deshacen en el día».
No es sólo colocar y ordenar sino estar atento y guiar en lo posible la novedad caótica del mundo. Si llega un cliente -cómplice como usted de la luna- y pregunta '¿Tenéis algo de Burros?', hay que saber decir:
-Tenemos todo lo que publicó William Burroughs. Pero a usted, ¿no le interesará más Juan Ramón Jiménez?

No recuerdo la primera vez que entré en Paradiso (supongo que sería a principios de los 80, el local de Cimavilla no lu conocí), ni siquiera lo que compré, si es que compré algo. Pero hay algo especial en el local que te hace sentirte como en casa. Gracies por estos años y felicidades por el premiu.

jueves, 28 de abril de 2011

Gijón 1933. La Escalerona.





















El día 23 de enero de 1933, los concejales que formaban parte del Ayuntamiento de Gijón, presidido por Gil Fernández Barcia, tomaban la decisión de construir una nueva «escalera de abanico» para la playa de San Lorenzo. El acceso al arenal desde el frente de la calle de Jovellanos había quedado obsoleto e, incluso, muchos días de verano ocasionaba aglomeraciones de bañistas. Se buscaba un diseño moderno y funcional, que diera servicio a los ciudadanos y que, a la vez, 'vistiera' un paseo, el del Muro que no tenía, todavía, muchos años de vida.

Eran tiempos de penuria económica y laboral. En ese contexto surgió la figura de José Avelino Díaz Fernández-Omaña como arquitecto municipal. De su creatividad, salvando incluso las inevitables disputas políticas, surgieron hasta cuatro posibles diseños para los nuevos accesos a la playa. Empezaba a gestarse la Escalerona. Siete meses después, en tiempo récord, la escalera era una realidad. Se inauguraba, con un paseo de las autoridades, el día 15 de julio de 1933.
Con todo, la aprobación del proyecto definitivo, la puesta en marcha de la obra y la ejecución de los trabajos no fueron retos sencillos de solventar. El primer obstáculo a salvar fue el interés de los responsables políticos del Ayuntamiento de Gijón por el hecho de que la nueva escalera fuera en «abanico». El objetivo era tratar de facilitar al máximo el desalojo de la playa, pero contaba con el inconveniente: la rampa posibilitaría la entrada de agua de la mar al paseo, causando los inevitables trastornos al vecindario.
El arquitecto municipal optó por presentar, de forma inicial, tres opciones. Una la del citado «abanico», y otras dos con un basamento central y una meseta superior al nivel de la acera, aún asumiendo que muchos viandantes podían «estacionarse» en esa zona y dificultar la entrada a la playa. Se estaba dibujando la actual Escalerona. Los proyectos fueron expuestos en el Ayuntamiento y la 'Liga de inquilinos' tuvo claro que la mejor opción era la del basamento, luego adornada por una torre que albergaría los aparatos de medida: el reloj, el barómetro y el termómetro. La decisión estaba tomada en el mes de marzo y, tras concurso público, la obra fue adjudicada a Gargallo por 70.000 pesetas, el mismo presupuesto que había fijado José Avelino Díaz Fernández-Omaña en su proyecto.
Tampoco faltaron, entonces, las voces discordantes. Un pequeño grupo de concejales entendía que no era prioritario afrontar la construcción de una nueva escalera en la playa y sí lo era construir una nueva Casa de Socorro. La propuesta fue rechazada. En el mes de mayo de 1933 era derribada la vieja escalera y se empezaba a trabajar en el nuevo 'tambor', siempre aprovechando las mareas, tanto de día como por las noches. El día 15 de julio era inaugurado el nuevo acceso y, al día siguiente, EL COMERCIO se hacía eco del acontecimiento de la apertura de la nueva «escalera monumental», con presencia del arquitecto y de las autoridades, con el alcalde al frente, y se citaba que «todos los concurrentes elogiaron la obra realizada y la rapidez de ejecución». En días posteriores, el nuevo acceso, que no tardó en denominarse de forma popular como la Escalerona, no perdió su protagonismo. Se hablaba de una «nueva escalera que resulta preciosa y cómoda» y ya colectivos de ciudadanos reclamaban una iluminación digna para todo el entorno, con «grandes candelabros», en lugar de «dos velas» que daban al lugar un aspecto muy «funerario». El nuevo emblema gijonés, casi sin saberlo, ya era fuente de polémica.
Luego, la Escalerona sufrió innumerables agresiones. Los relojes originales desaparecieron y no corrieron mejor suerte los vidrios y hasta los números de bronce del termómetro. Miguel Díaz Negrete, hijo de autor del proyecto, levantó la voz de alarma en 2001. Trabajó un año en recuperar piezas y, sobre todo, el espíritu de la vieja Escalerona. Su padre estaría satisfecho. Hoy, el viejo emblema gijonés luces unos envidiables 77 años.

A. PRESEDO. El Comercio 22.06.08

lunes, 25 de abril de 2011

Gijón. Año 1962.


































La entrada de hoy está dedicada a mis padres, Carmina y Modesto, por¨ haberme nacido¨ en Gijón el 26 de abril de 1962. Lastima que no esten conmigo para celebrar la subida al último escalón de los cuarenta.
De la mano de la Voluntad veremos la prensa de ese día, mediante algunas de sus páginas.

En las imagenes primeras daremos un repaso a los acontecimientos de ese año extraido del libro, De Tú Historia, Gijón 1937-1997.


Animo a los que como yo pal proximu añu ya se tiren en la piscina del medio siglo.

lunes, 18 de abril de 2011

Gijón. Parque de Isabel la Católica.














En el año 1967, el Ayuntamiento de Gijón edita este libro, con textos de Daniel Arbesú Suarez, fotografías de Ignacio García Martinez y dibujos de Fernando Magdalena Laca. Hoy nos va a servir para dar un paseo, por aquel Parque de nuestra infancia.

En la primavera de 1941, por iniciativa de los concejales Avelino González, Julio Paquet y Rufino Menéndez, el Ayuntamiento acuerda proceder al saneamiento de las charcas del Piles y su transformación en parque público, con lo que se erradicaba un serio problema de salubridad pública, al tiempo que se paliaba la escasez de zonas de solaz y recreo en la Villa. Así, en febrero de 1941, y una vez obtenida la debida autorización de la Dirección General de Obras Hidráulicas para ocupar los terrenos de su titularidad, la Comisión Municipal Permanente aprueba una propuesta para levantar el plano de todos los terrenos existentes entre la canalización del Piles, calle Pérez Galdós (Avda Castilla), calle Ezcurdia, y zona del Molinón, con el fin de valorarlos, para posteriormente proceder a su compra o expropiación . A los terrenos de propiedad particular a adquirir para la construcción del parque se añadían los citados 3.416 m2 de dominio público procedentes de la canalización del río Piles cedidos por el Estado. En abril del año citado, para conseguir la colmatación y el terrado de los esteros, la Alcaldía emite un bando para que todos los escombros de las obras realizadas en la ciudad sean vertidos en las huelgas del Piles. Para el trazado del nuevo parque público el Consistorio invita al arquitecto redactor del Plan de Ordenación de la Ciudad, Germán Valentín Gamazo y al Jardinero Mayor de Madrid, Cecilio Rodríguez (junto con el arquitecto municipal Fernández Omaña), a estudiar sobre el terreno las posibilidades del proyecto. Finalmente, el encargado del diseño del Parque de Isabel la Católica será el Segundo Jardinero de la Villa de Madrid y responsable de los jardines de la Casa de Alba, Ramón Ortiz Ferré.
Las primeras plantaciones (400 árboles) se inician ya en 1941, disponiéndose por indicación de Ramón Ortiz, una barrera de arbolado plantada en forma de “L” para combatir los vientos dominantes del noroeste y nordeste, integrada por una primera banda de eucaliptos en cuatro filas, una segunda línea de chopos, en igual disposición, y en tercera línea de otras cuatro hileras de cipreses. Los plantíos se intensifican en los años sucesivos, siendo muchas las pérdidas por el mal drenaje del terreno y por las frecuentes crecidas de una capa freática salina ligada a las oscilaciones de las mareas y del río Piles.
En 1944 se aprueban nuevas alineaciones con la expropiación forzosa de terrenos situados en las inmediaciones de la calle del Molino (Torcuato Fernández Miranda), quedando definido el límite sur, aunque de un modo impreciso, al no urbanizarse la calle hasta bien entrada la década de los sesenta. En 1946 se comienza a plantar una de las composiciones vegetales más notables del parque, la rosaleda. En junio del años siguiente, el parque, limitado al sector más occidental y dotado con un equipamiento mínimo en el que destacaba la presencia de un gran lago natural (parte de las charcas que no pudieron ser desecadas) en la zona del Molinón, es oficialmente abierto al público.
Desde este momento, las mejoras y ampliaciones en el Parque de Isabel la Católica se suceden, destacando las ampliaciones de 1956 (según proyecto de Ramón Ortiz), en la que se adquieren 7.369 m2 de terreno para extender y urbanizar el parque entre la zona de recreo infantil (habilitada entre 1951-52), la calle del Molino (actual Torcuato) y el viejo molino; y la de 1973, en la que el parque se amplía a la margen derecha del río Piles, dando lugar al conocido como Parque Inglés. Entre ambas fechas, las mejoras encaminadas a hacer más cómoda la estancia en el parque son continuas; instalación del mobiliario, alumbrado, servicios higiénicos, kioscos de bebidas, etc. Entre el amueblamiento propio de este tipo de espacios de recreo, cabe destacar por su valor artístico y patrimonial varios bancos de piedra con espaldar de hierro fundido, diseñados por García de la Cruz a principios de los veinte y trasladados de su anterior emplazamiento en el Muro de San Lorenzo en 1951, o los que Fernández Omaña había diseñado para la Plaza del Instituto, instalados a la entrada del parque por la Avda de Castilla, en 1956. Otros elementos decorativos de gran valor artístico que lucieron en el parque fueron el reloj ornamental traído de la Plaza de San Miguel (del que sólo se conserva en mal estado su columna) y una fuente con templete de trazas modernistas, que estuvo ubicada originariamente en el Campo Valdés, y que se instaló en el parque en 1951, tras ser mudada de su anterior asiento en el Parque Infantil.
La ornamentación del gran pulmón verde de la ciudad se fue completando con la instalación de un amplio repertorio escultórico, como el monumento al doctor Fleming (1955), costeado por suscripción popular e instalado en un hermoso jardín de estilo francés, el monumento en honor de Julio Somoza (1956), la Plegaria del Árbol (1958), las Dríadas (1962) entre otras muchas. Otras instalaciones, de no menor relevancia, presentes en el parque fueron las destinadas al recreo infantil, destacando una gran rueda giratoria traída de Alemania (se cree que fue una de las primeras instaladas en el país) donada por Casimiro Velasco, el lago pequeño, creado en 1962 a partir del lago principal, el Parque Infantil de Tráfico (1966) o los diversos pabellones destinados a la fauna que componía el muestrario zoológico del parque.

Fco. Javier Granda Álvarez
HISTORIA DE LA OBRA PÚBLICA MUNICIPAL EN GIJÓN (1938-1978)
Más información en el libro El parque de Isabel la Católica. Un parque para las cuatro estaciones de Javier Granda Alvarez




 

jueves, 14 de abril de 2011

Gijón. 14 de Abril de 1931.







Una jornada histórica

Miles de gijoneses, en manifestación, asistieron en la tarde del 14 de abril de 1931 a la proclamación de la II República desde el balcón de la Casa Consistorial

Escribió Josep Pla, maestro de la crónica, a propósito del advenimiento de la Segunda República: «A las tres de la tarde del día 14 se izó en Madrid la primera bandera republicana, que tremoló sobre el Palacio de Comunicaciones. Esta bandera produjo un movimiento general de curiosidad que se convirtió en un estallido de entusiasmo al conocerse que representaba realmente lo que simbolizaba, o sea, la toma del poder por parte del Gobierno provisional. En cuanto esto se hizo público, Madrid corrió a destruir y a esconder los símbolos monárquicos».

El miércoles 15 de abril de 1931, hizo 79 años, los gijoneses, como el resto de los españoles, se levantaron con la resaca de los hechos ocurridos el día anterior, cuando fue proclamada la Segunda República en la ciudad (con el izado de la bandera tricolor en el Ayuntamiento), como en el resto de la nación, tras las elecciones municipales que se habían celebrado el día 12 del mismo mes.

En el diario gijonés «El Noroeste», inequívocamente republicano desde su fundación en 1897, no se anduvieron con chiquitas a la hora de titular la primera página de su número del 15 de abril. A las seis columnas de la plana este antetítulo: «La caída de un régimen... ¡Viva la República!», y de titular: «El hasta ayer rey Alfonso ha huido de España, proclamándose la República, encargándose de formar Gobierno Alcalá Zamora».

Por su parte, el más centrado a la derecha periódico local «La Prensa», que se autoadjetivaba «diario independiente», no hacía tanta sangre del monarca, y en su primera del 15 de abril, también a las seis columnas, informaba: «Se proclama la República en toda España, y el Rey sale de Palacio en automóvil, a las nueve menos veinte de la noche, con dirección a Cartagena, donde embarcará para Inglaterra». Lo cierto es que Alfonso XIII embarcó por el Arsenal cartagenero en el crucero de la Armada «Príncipe Alfonso», pero con rumbo al puerto francés de Marsella.

Pero, ¿cómo fue en Gijón la jornada del 14 de abril de 1931, cuando se proclamó la Segunda República? Lo vemos en las páginas de los dos citados diarios locales, que la calificaron de «histórica».

Empecemos por «El Noroeste». La cosa empezó pasado el mediodía, en la plaza del Carmen, cuando «frente a los locales del Centro Republicano se estacionó enorme gentío, ansioso de conocer noticias». Entonces, «a requerimiento del público el abogado señor Morán Cifuentes pronunció un breve discurso, aconsejando calma y serenidad. Dijo que se haría lo que fuese necesario hacer, pero sin algaradas que a nada conducen y que pudieran provocar un día de luto». Dionisio Morán Cifuentes era entonces un joven abogado que militaba en las filas del Partido Reformista del gijonés Melquíades Álvarez.

Tras la alocución del letrado, lejos de calmarse los ánimos, «en la calle Corrida se formó inmediatamente una manifestación engrosada por miles de almas, poniéndose en movimiento en dirección a la plaza de la Constitución (plaza Mayor). A la cabeza marchaban muchos de los concejales de la coalición republicano-socialista que resultaron triunfantes en la elección del domingo (12 de abril). Entre ellos recordemos a don Dionisio Morán Cifuentes, don Gil Fernández Barcia (que había sido alcalde de Gijón en 1919 y en otros dos periodos entre 1921 y 1923 y lo volvería a ser en otros dos entre 1931 y 1936) y don José Suárez Santos».

Seguimos el relato a través de «La Prensa»: «Al llegar a las Consistoriales entre los manifestantes se destacó una Comisión formada por varias personas, entre ellas los concejales electos señores Fernández Barcia, Morán Cifuentes y Suárez Santos, quienes se entrevistaron con el alcalde, señor Vereterra (Claudio Vereterra y Polo) y le dijeron que en representación del pueblo de Gijón, iban a protestar de la solución que se quería dar por el Gobierno al problema de la soberanía nacional, convocando a Cortes Constituyentes, puesto que entendían que esto quedó ya resuelto en las elecciones del domingo, considerando tardía aquella solución, ya que el pueblo lo que pedía era la proclamación de la República».

Tras salir al balcón central del Ayuntamiento Morán Cifuentes, «dando cuenta de haber cumplido con su misión cerca del Alcalde», solicitó de los manifestantes «un voto de confianza para continuar las gestiones hasta el planteamiento de la República, y aconsejó calma y serenidad en beneficio de los sagrados intereses del país y de la causa republicana».

Pero por la tarde, ahora vamos a las páginas de «El Noroeste», «aumento la efervescencia popular, acrecentada por las noticias que llegaban de Madrid. Los acontecimientos se precipitaban y era necesario que todo estuviera preparado para que la transformación causase los menores perjuicios posibles».

En el teatro Jovellanos (situado en la calle del mismo nombre, donde ahora se alza la biblioteca pública) quedó constituido el Comité Revolucionario pasadas las tres y media de la tarde, «acordándose que cada partido adherido designase dos personas para integrar aquél, como así se hizo» («El Noroeste»), mientras «continuó por las calles la animación y se reconcentró, principalmente en la plaza del Carmen, que fue el eje de toda expansión popular» («La Prensa»). Un segundo comité quedó formado por si acaso la autoridad arrestaba a los integrantes del primero.

Prosigue el relato de «La Prensa» contando que «poco después de las cinco LA PRENSA fijó en sus talleres de la plaza del Carmen un transparente dando cuenta de que antes de la puesta del sol quedaría proclamada la República en España (...) Inmediatamente el público comenzó a aplaudir ante el Círculo Republicano, y aquí fue izada en seguida la bandera republicana, que fue acogida por el público, descubierto, con una larga ovación».

En Madrid, mientras tanto, a eso de las siete de la tarde, Miguel Maura y otros miembros del Gobierno provisional de la República, constituido de facto en agosto de 1930 en San Sebastián, tomaban posesión del Ministerio de la Gobernación, situado en la Puerta del Sol. Quedó constituido el Gobierno republicano de España, cuyos miembros salieron al balcón ministerial «siendo delirantemente ovacionados por la muchedumbre» («La Prensa»). Y contó Pla en «Madrid. El advenimiento de la República»: «El espectáculo era literalmente impresionante y, como en Madrid se cena tarde, el espectáculo duró mucho».

En Gijón, al tiempo, ocurría lo propio. «Los comités nombrados en el Jovellanos se reunieron en el Centro Instructivo Republicano y poco después desde allí partió la manifestación, en la que formó el público en masa, que con las banderas republicana y roja se dirigió al Ayuntamiento para posesionarse de aquel organismo» («La Prensa»).

Cuando la manifestación inundó la plaza, miembros de los comités revolucionarios penetraron en la Casa Consistorial y «en el balcón principal se colocó, como colgadura, la bandera republicana en medio de grandes ovaciones» («La Prensa»). Tras sendas alocuciones del ex alcalde republicano Ramón Fernández González (lo había sido entre enero de 1918 y marzo de 1919) y del abogado Dionisio Morán Cifuentes, de nuevo, «seguidamente se izó la bandera republicana y fue un momento de enorme emoción, descubriéndose todos los presentes; saludando los militares que se encontraban allí y dándose vivas a la República y a la libertad» («La Prensa»). Por su parte, «El Noroeste» narró: «Fue un momento grandioso, indescriptible, cuando la bandera quedó colocada en lo más alto del mástil (...) Y durante dos minutos el silencio fue absoluto».

J. M. CEINOS . La Nueva España. Domingo 18 de abril de 2010