jueves, 9 de febrero de 2012

Gijón. Arturo Truan










Arturo Truán y el nuevo arte de la fotografía

Miembro de la tercera generación de la familia suiza asentada en Gijón al calor de la industrialización, fue un avanzado de las nuevas técnicas de la imagen y la jardinería
Edita el Ayuntamiento de Gijón un notable trabajo dedicado al fotógrafo gijonés Arturo Truán, con texto de Francisco Crabifosse. La breve monografía se completa con abundante material fotográfico, unas veces realista, otras casi onírico. De lo que no puede caber duda, contemplando las fotografías, es de que Arturo Truán poseía temperamento romántico. Según Crabifosse, «ninguna biografía gijonesa nos acerca tanto al sentido que tiene la fotografía en el conjunto de las Artes como la de Arturo Truán Vaamonde. A caballo entre dos siglos prodigiosos, su trayectoria vital y los múltiples intereses y realizaciones que centraron su atención nos lo retratan como una personalidad esencial del panorama artístico asturiano, al que aporta matices poco comunes, y, sobre todo, el sentido de la creación de la belleza no es un ámbito exclusivo de lo que tradicionalmente se define como Arte, sino que se abre a otros campos, que en nuestro medio nunca habían tenido una representación tan sólida y de tanta calidad».

Arturo Truán deriva hacia la fotografía después de haber recibido una sólida formación artística. Por eso, tal vez, sus cuadros recuerdan composiciones pictóricas. Aunque este excelente artista no es por las variedades artísticas por lo que se preocupa en estos momentos. Le encontramos avejentado, decaído y enfermo, refugiado en Santander, mientras en España arde la guerra civil. Al acordarse de la guerra, mueve tristemente la cabeza.

—Esto de la guerra es una desgracia –me dice.

Luego, tras lanzar un ¡ay! como un suspiro, me pide que le pregunte lo que me apetezca, porque, contestando a mis preguntas, pasará entretenido la tarde. Le pregunto dónde nació y se apresura a contestar:

—En Gijón, el 2 de diciembre de 1868. Mi padre, Alfredo Truán Luard, era el director facultativo de la fábrica de vidrios creada por mi abuelo, Luis Truán Lucheon.

—¿Eran de ascendencia francesa?

—No, suiza. Mi bisabuelo, Enrique Luard Falconier, era un platero de origen suizo, que en 1807 se estableció en La Coruña, donde realizó una obra muy variada, ya que fue orfebre, pintor, grabador, litógrafo y promotor de cosmoramas y otros espectáculos ópticos. Y, en fin, puede considerársele como el auténtico adelantado del daguerrotipo en Galicia. En lo que a mi abuelo paterno, Luis Truán Lugeon, se refiere, era un suizo especializado en la producción de vidrios y porcelanas, que se estableció primero en La Coruña, y, desde 1845, en Gijón, donde funda la fábrica de vidrios La Favorita, de la que fue también director. Mi padre marchó por entonces a Suiza para completar sus conocimientos de litografía y fotografía, y, de vuelta a Gijón, en 1858, abre un estudio de fotografía y un taller de litografía que cierra para irse a trabajar a la fábrica de vidrio, aunque sin abandonar la fotografía, ya que se convierte en un investigador de las aplicaciones de la fotografía a las ciencias biológicas, a los objetos de vidrio y a la pintura. En este terreno inventó lo que él llamó la oleofotografía, en la que compaginaba la técnica de los positivos al carbón con un tratamiento al óleo. Por su parte, mi hermano Antonio se dedicaba a la pintura como aficionado.

—Lo que indica que usted se crió en un ambiente artístico.

—Artístico y técnico. Aunque yo tiré antes al arte que a la técnica, quiero decir, antes a la pintura que a la fotografía, y contando apenas dieciséis años, expuse algunas de mis obras en el escaparate del comercio de Benigno Piquero.

—¿Qué otra cosa hacía, además de pintar?

—Estudiaba en el Instituto Jovellanos, hasta que en 1888, mi padre, observando mi buena disposición para la pintura, me envió a estudiar a la Escuela Superior de Bellas Artes de Madrid, en la que fui discípulo del famoso paisajista don Carlos Haes. Mas el fallecimiento de mi padre en enero de 1890 interrumpió mis estudios artísticos, pues hube de volver a Gijón para hacerme cargo de la dirección de la fábrica de vidrio, en compañía de mi hermano Luis. No por ello dejé de pintar; en la Exposición Regional de Lugo, en octubre de 1896, obtuve una medalla de oro por un paisaje asturiano, y en agosto de 1899 recibí una medalla de plata, por otro paisaje asturiano.

—¿Hasta cuándo permanece al frente de la fábrica?

—Hasta mayo de 1900. Hasta que me di cuenta de que el tiempo iba pasando y yo tenía que buscar un medio de expresión en lugar de fabricar vidrio.

—¿Qué medio de expresión deseaba intentar?

—La fotografía. Mas por aquel tiempo yo no disponía de dinero para comprar una buena máquina fotográfica, de manera que decidí construírmela yo mismo.

—¡No me diga!

—¿Qué tiene de extraño? Soy lo que se llama un «manitas». Habiéndome enterado algún tiempo antes de que los hermanos Lumière, de Lyon, habían inventado el cinematógrafo, manteniéndolo casi en secreto, yo construí un aparato con el que pude filmar algunas películas que se proyectaron en el teatro de Jovellanos y en el pabellón del paseode Begoña.

—¿Fueron ésas las primeras películas filmadas en Asturias?

—Supongo que sí. Yo quiero creer que sí.

—¿Por qué vuelve a trabajar en una fábrica de vidrio?

—Porque me ofrecían muy buenas perspectivas económicas por dirigir una nueva fábrica en Gijón, para la que reformé algunas máquinas alemanas e inventé alguna otra. Nuevamente en compañía de mi hermano Luis, dirigí esta fábrica hasta 1921, año en que fundo en Somió la Granja Maruja, especializada en avicultura, cunicultura y horticultura. Sobre todo, conseguí magníficas variedades de flores, y mi fama como floricultor fue tanta, que el Ayuntamiento de Gijón me animó a que presentara mi candidatura a concejal sólo para poder ser nombrado delegado de Jardines. Mi labor fue tan satisfactoria como tal, que los planos de jardinería destinados al embellecimiento de Gijón obtuvieron medalla de bronce y copa de plata en la Exposición de Madrid de noviembre de 1930.

—¿Y de la política? ¿Qué me dice de la política municipal?

—Mi política fue de parques y jardines.

—En 1927 se establece como fotógrafo en Gijón.

—Sí, señor. Para ello adquirí la patente de fotografía en colores de Jos-Pe de Hamburgo, y simultaneé la fotografía comercial con la artística, con notable éxito en ambas modalidades. La fotografía comercial me daba para comer y algún dinerillo para gastos extra, y la artística, satisfacciones como que la revista «Sketch», de Londres, hubiera reproducido seis fotografías mías en su número de agosto de 1931, y «Die Studio», de Viena, publicase fotografías mías en los números de junio de 1934 y julio de 1935, además de concederme el título, siempre honroso, de colaborador.

—Pero no sea usted modesto, don Arturo, porque, además, obtuvo algunos otros éxitos artísticos muy importantes, tanto nacionales como internacionales.

—Si se refiere a las veces que concurrí a exposiciones nacionales y extranjeras de fotografías de arte, puedo citarle la del Ateneo Obrero de Gijón de 1929; el VIII Salón Internacional de Zaragoza de 1932; el II Salón de fotografía de León en 1933, y otras exposiciones en Madrid, Málaga, Zaragoza, etcétera; y, en el extranjero, expuse en Londres, Tours, Lucerna, Bruselas, Tokio, la localidad húngara de Sopron, y otros lugares. La crítica elogió siempre mucho mis marinas. También fui miembro del jurado de los concursos de fotografía organizados por el Grupo de Excursionismo y Fotografía en 1931 y 1933.

—Por estos años, desde su estudio de Gijón, usted figura como uno de los mejores y más innovadores fotógrafos de España. Incluso le surgen discípulos.

—Sí, Julián Gumiel, entre otros. Desde luego, Gumiel es el más importante, y el más listo, porque dándose cuenta de que este país es imposible y de lo que iba a venir, en abril de 1936 marchó a Chile. Y ya ve usted lo que vino: el huracán de la guerra que barrió, entre otras muchas cosas, toda posibilidad de renovación artística. Claro que en estas circunstancias, lo importante no son las posibilidades de renovación artística perdidas, sino otras cosas. Qué país, Noriega, qué país. Cainita de pies a cabeza. No lo olvide, Noriega, no lo olvide.

—No lo olvido, don Arturo. Quienes parecen olvidarlo son algunos payasos empeñados en jugar con fuego.

—En las guerras civiles hay mucha inconsciencia, y luego ya no se puede dar marcha atrás.

—Ahora usted, en Santander, espera el final de la guerra?

—Sencillamente, espero –contesta con resignación, encogiéndose de hombros.

El texto pertenece a Ignacio Gracia Noriega   La Nueva España · 13 de junio de 2005

Las fotografias pertenecen al libro-catálogo de la exposición Arturo Truan, la fotografía como arte. Museo Nicanor Piñole 6 de mayo 26 de junio de 2005 comisariada por Francisco Cabiffosse Cuesta.

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