miércoles, 20 de junio de 2012

La Estrella de Gijón


 Fundada en 1893 por la sociedad comanditaria Suardiaz y Bachmaier, se instaló en el barrio llamado de Santa Olalla, próxima a la estación de ferrocarril del norte y del puerto en construcción del Musel.Constituyen el inmueble tres hermosos edificios, el central de 75 metros de largo por 12 de ancho, con dos piso bajo el nivel del suelo y otros cuatro sobre el; destinado a la germinación, limpia, tostado, almacén de cebada, lupulo y malta; todos los pisos se encuentran en comunicación por medio de montacargas y ascensores; los otros dos edificios son también de 75 metros de largo y 12 de ancho estando situados normalmente al anterior, destinados a la fábrica de hielo, sala de embotellar, cuevas de fermentación fabrica de gaseosas, bodegas, sala de preparación de remesas, carpinteria, toneleria y cuadras. Tambien tienen estos dos edificios sus pisos bajo el nivel del suelo.
Texto extraido del libro ¨Gijón y la Exposición de 1899¨ 

















He recuperado esta antigua entrada publicada en Febrero de 2010, aumentándo las imágenes que fuí encontrando por las hemerotecas. La imágen última es un collage de productos que se venden en Todocolección.
Las 4 imágenes anteriores a esta son cortesía de Javier, autor del estupendo blog sobre la cerveza en España Coleccionismo Serigrafiadas
Entradas del blog Coleccionismo Serigrafiada sobre la Estrella de Gijón:
La Estrella de Gijón
Publicidad de la Estrella de Gijón
Nuevas imágenes de la fábrica la Estrella de Gijón


sábado, 16 de junio de 2012

Gijón. Los Tranvías









 El último tranvía 

 «De la noche a la mañana, hay más zonas de aparcamiento en la ciudad». ¿Qué había sucedido en Gijón para que el diario «Voluntad» publicase ese titular en sus páginas de información local del martes 12 de mayo de 1964? Seguimos leyendo y la razón era que «los autobuses empezaron ayer su reinado (que esperamos sea satisfactorio)». A cambio, la noticia certificaba la defunción del servicio de tranvías, que se había puesto en marcha el 30 de marzo de 1890. Pero lo que a finales del siglo XIX fue saludado como una muestra del progreso de la villa, en plena expansión industrial y comercial, ya en los años cincuenta del siglo XX era criticado en los periódicos como un servicio de transporte de viajeros obsoleto y deficiente. Por ello, no es de extrañar que en «Voluntad» los gijoneses de hace 46 años pudieran leer: «Como habíamos dicho -alguna vez teníamos que acertar-, los tranvías terminaron su "curriculum vitae" el pasado domingo (10 de mayo), a las doce de la noche. Contra lo que pudiera esperarse, no hubo nostálgicos ni serenata de despedida para los viejos amarillos armatostes desvencijados». Era dura la información de «Voluntad» con los tranvías, que «se esfumaron sin pena ni gloria. Y -casi diríamos- sin chirridos, aunque parezca mentira». Sin pena ni gloria en una ciudad que por aquellos días era sacudida por dos sucesos que centraron la atención vecinal e informativa. El primero, ocurrido el miércoles 6 de mayo, en el Muelle, con la explosión de una caldera en la fábrica de hielo de la Rula, que estaba situada donde hoy se ubica la sala de exposiciones de la Autoridad Portuaria. El trágico suceso había ocurrido a eso de las cinco y media de la tarde, «una tarde calurosa, con cierta neblina y placidez ciudadana», contó «Voluntad», al «explotar una caldera de amoniaco». El siniestro ocasionó un muerto y dos heridos por intoxicación de amoniaco. La explosión «se oyó perfectamente en todos los ámbitos de la población» («Voluntad»). Y cinco días después, el 11 de mayo, Gijón era sacudida por otra explosión, esta vez en la calle de Eladio Carreño, cerca del Muro, cuando un hombre se suicidó haciendo estallar tres cartuchos de dinamita a la altura del pecho. La víctima era natural de Gijón, nacido el 12 de enero de 1936 y, relató «Voluntad», «hijo de La Perala (...) cuyas facultades mentales se encuentran trastornadas». La mujer, muy popular, «reconoció como pertenecientes a su hijo (que había trabajado en una cantera) los pantalones, los zapatos, el cuchillo y la medalla. Respecto a los pantalones declaró que los cosidos fueron efectuados por ella». Pero no todo eran desgracias en una ciudad que empezaba a considerarse «moderna», con una «línea del cielo» frente al Muro de nuevos y altos edificios (como Miami). El miércoles 13 de mayo se inauguró el restaurante cafetería Palermo, un acto local que desde las páginas de «Voluntad» saludaron como sigue: «Con caracteres de auténtico acontecimiento se ha celebrado, en la tarde de ayer, el acto de inauguración oficial del suntuoso restaurante cafetería Palermo, que ahí, cara al mar (al Muro), en el corazón mismo de nuestra incomparable playa, significa un paso realmente decisivo en el importante capítulo de realizaciones que está desarrollando actualmente la iniciativa privada para conseguir, en un plazo de tiempo lo más corto posible, la auténtica planificación turística en toda la Cornisa del Cantábrico». Una ciudad que empezaba a ser moderna y en la que sobraban los tranvías. Por lo menos, en «Voluntad» explicaban el 12 de mayo que todo eran ventajas: «Lo que sí es noticiable es que de la noche a la mañana de ayer la ciudad ha ganado numerosas y espaciosas zonas de aparcamiento -véase si no la calle del Marqués de San Esteban, que ahora tiene aparcamiento triple-, concretamente encima de los carriles que el tranvía ha dejado libres (carriles que esperamos ver pronto levantados, pues son estorbo evidente)», reseñaba el diario en una información que remataba con una loa a los sustitutos de los tranvías: «Ahora, los autobuses quedan como únicos "emperadores" del tráfico de servicio público. Esperemos que su reinado sea satisfactorio». El anuncio de la desaparición del servicio de tranvías lo había dado, en una nota oficial, el entonces alcalde de Gijón, Ignacio Bertrand y Bertrand, el sábado 9 de mayo. En dicha nota, publicada al día siguiente en «Voluntad», el Ayuntamiento informaba a los ciudadanos de que «habiéndose llegado a un acuerdo con la Compañía de Tranvías de Gijón, en cuanto a la reversión de las líneas de Gijón-Llano y Calzada-Musel, se pone en conocimiento del público que desde el próximo lunes día once del actual el servicio de tranvías quedará suprimido sustituyéndolo por autobuses de la empresa concesionaria del servicio urbano de transporte de viajeros». Así fue. A última hora de la noche del domingo 10 de mayo de 1964, el conductor Severino Friera y el cobrador Manuel Bermúdez llevaron a las cocheras de El Bibio el último tranvía que circuló por Gijón. La unidad, de la línea de El Llano, salió a las 23.15 horas desde las inmediaciones de la antigua fábrica de Orueta, en El Llano de Arriba. El «viejo amarillo armatoste desvencijado» finalizó su servicio en El Humedal. Luego, Severino Friera enfiló la calle de Pedro Duro. Tras realizar el cambio de agujas, el último tranvía prosiguió su recorrido por la calle del Marqués de San Esteban hasta los jardines de la Reina antes de entrar en la calle Corrida, donde Severino Friera y Manuel Bermúdez, como el segundo contó años después, escucharon los silbidos de los detractores de los tranvías y los aplausos de sus defensores. Así acabaron 74 años de relación de los gijoneses con los tranvías; pero uno de ellos, el antiguo coche-motor número 3, pudo salvarse, aunque en precario estado de conservación. Hace unos veinte años fue restaurado en las instalaciones del Museo del Pueblo de Asturias por alumnos de las escuelas-taller municipales. Es el tranvía que se puede ver en el Museo del Ferrocarril de Asturias, en la vieja estación del Norte. 

 J. M. CEINOS. La Nueva España. Domingo 02 de mayo de 2010.

Más información: Tranvías y espacio urbano en Gijón (1889-1963) P.D.F.

jueves, 7 de junio de 2012

MANOLO PRECIADO

Yo no soy un hombre de letras, lo de escribir no es un don que me haya tocado en suerte, por eso mi blog se apoya de imágenes para su elaboración. Pero hoy mi recuerdo tiene un protagonista y se llama Manolo Preciado, no voy a hablar de Él, ni de su trayectoria deportiva, nada de datos de eso ya se encargarán personas que saben hacerlo mejor. Solo rendir homenaje a un hombre que se ha ido, hombre que junto al equipo que entrenaba, nuestro SPORTING, un día de Junio del año 2008, consiguió que practicamente toda una ciudad se echara a la calle para celebrar el ascenso. Gracies Manolo, descansa en paz.



Preciado: la ética y la épica


Tenía un vozarrón cavernoso, áspero, brusco como un vendaval cantábrico, que permitía que los ecos de sus instrucciones llegaran hasta las más encumbradas localidades del altísimo graderío de la tribuna Este desde la que mi hermano y yo, tal día como un 15 de junio de 2008, asistimos –con la atónita felicidad de quien está a punto de ver cumplidos esos deseos que, de tanto verse postergados, llegan a parecer inalcanzables- al partido en el que el Sporting terminó regresando a Primera División tras una interminable década de penurias e incertidumbres. Hacía dos veranos de la llegada de Manolo Preciado al banquillo de El Molinón y los escépticos aficionados de un equipo tradicionalmente proclive a agonías y frustraciones comprobábamos, incrédulos, que, igual que en la canción de Dylan, los tiempos estaban cambiando.


Aquella jornada histórica dejó para la posteridad un sinfín de imágenes, pero hay una que se ha repetido hasta la saciedad y que cobra un sentido especial en estos momentos: ésa en la que Preciado, una vez finalizado el encuentro, alza los brazos entre lágrimas para señalar al cielo mientras a su alrededor se apiña una multitud enfervorizada. Aquel día él rozó la gloria. Aquel día, gracias a él, los sportinguistas recuperamos un lugar en el mundo.


Manolo Preciado no fue sólo el entrenador que subió al Sporting a Primera. Fue algo muchísimo más importante que eso. Manolo Preciado fue el tipo que hizo que el Sporting se reencontrara con su ciudad, con su carácter, con su gente, después de un tenso divorcio propiciado por las amarguras inherentes a toda travesía por el desierto que se precie, la desidia de ciertos dirigentes y el resquemor de quienes, cada vez más, iban sintiendo que aquel Sporting que veían desangrarse lentamente no era, no podía ser, el mismo que ellos habían conocido.


Manolo Preciado llegó a Gijón prometiendo alegría, y vive Dios que nos la dio. Con él padecimos derrotas bochornosas y auténticas tragedias griegas en los escenarios más insospechados, pero también gozamos de triunfos inauditos y nos sentimos partícipes de lo que ya son pequeños hitos en nuestra maltrecha historia. El Sporting de Preciado no jugaba primorosamente bien ni podía presumir de grandes alardes, pero le echaba valor cada vez que saltaba al campo y se creía tan alto, guapo y fuerte como los rivales que tenía enfrente, por muy atildados que fueran estos y mucho curriculum que pudiesen oponer a nuestra exigua hoja de servicios. El Sporting de Preciado no tenía detrás grandes presupuestos, pero sí una confianza en sí mismo que unas veces resultaba proverbial y otras, nadie es perfecto, acababa por antojarse excesiva. El Sporting de Preciado era, en fin, un equipo a la vieja usanza, de esos que antaño salían al césped con el ímpetu y el desparpajo por bandera y mataban o morían fieles a esa convicción de que la mejor premisa por la que se puede guiar uno en esta vida no es otra que la de permanecer fiel, por encima de todas las cosas, a uno mismo.


Manolo Preciado no fue sólo el entrenador que subió al Sporting a Primera. Fue algo muchísimo más importante que eso. Manolo Preciado fue el tipo que hizo que el Sporting se reencontrara con su ciudad, con su carácter, con su gente


En el fondo, lo importante no era que el Sporting ganara o perdiese, por más que en algunas ocasiones (no muchas) llegáramos a acostarnos soñando con UEFAs imposibles o fantaseásemos cada verano, invariablemente, con la remota posibilidad de vivir una temporada tranquila. Lo importante era que el Sporting, tras los innumerables titubeos que le encogieron el ánimo desde los albores de la década de los noventa, había recuperado unas señas de identidad que parecían extinguidas y que permitían que el equipo se fuera manteniendo, mal que bien, en una posición de privilegio que no tenía tanto que ver con su militancia en la élite del fútbol español como con la defensa a ultranza de una idiosincrasia a menudo incomprendida. Y todo eso, claro, se lo debíamos a Manolo. Un tipo que supo convertir la ética en épica (o viceversa) para que los sportinguistas pudiéramos volver a reconocernos en nuestro propio espejo.


Eran razones más que suficientes para que el club le diese el voto de confianza que, en última instancia, no quiso dispensarle. En una decisión tan errónea como injustificable, el Sporting se disparó al corazón y expulsó a Manolo Preciado por la puerta de atrás. El gran defensor de la alegría (que me perdonen los lectores de Benedetti) abandonó El Molinón envuelto en lágrimas y arropado por el aplauso de un puñado de aficionados que no le quisieron dejar solo en aquel bache de su biografía, uno de los pocos que no le vino impuesto por el destino. Por aquellas fechas yo aún oficiaba de analista deportivo en las páginas de un periódico asturiano que ya no existe y en el que escribí un artículo que titulé 'Gracias, Preciado' donde exponía, más o menos, lo mismo que he expuesto ahora con una mayor amplitud de espacio y desde una perspectiva, por desgracia, bien distinta.


Unos días después, en una fría y soleada mañana de sábado de ésas que de vez en cuando aderezan las postrimerías de los inviernos norteños, me lo encontré paseando por la playa de San Lorenzo, no muy lejos del estadio cuyo banquillo había ocupado hasta unos pocos días atrás. Nunca nos habíamos visto en persona y aproveché para presentarme y saludarle. Él me reconoció y estuvimos charlando durante unos minutos. Nada especial. Puros convencionalismos. Me despidió con una palmada en el hombro y me dio las gracias por mi artículo. Yo le contesté que era lo menos que podía hacer y me alejé sin decirle lo que de verdad habría querido que supiera. Que por aquí se le quería. Que se convirtió definitivamente en nuestro ídolo cuando, aquel 15 de junio de 2008, nos enseñó el camino hacia el cielo. Que lo que él le había dado al sportinguismo era mucho más de lo que el sportinguismo podría darle nunca a él. Que, evidentemente, no era el mejor entrenador del mundo, pero sí el mejor entrenador con el que jamás pudo soñar el Sporting.




Miguel Barrero. Diario El Mundo. Jueves 07/06/2012

miércoles, 6 de junio de 2012

Gijón. Templete Ornamental (II)

Bueno señores apareció el templete , nuevamente muchas gracias a Hector Blanco que me mandó la primera postal donde se aprecia claramente la ubicación de nuestro templete viajero que está ahora en el Parque de Isabel la Católica. La segunda imagen del parque infantil nevado, pertenece al libro - Historia de Gijón en fotografías- cuyo autor es Juan Martín Merino ¨Juanele¨.
Si alguien tiene alguna imagen más, y quiere aportarla al blog, yo encantado y agradecido.







Esta última imagen pertenece a la Fototeca del Patrimonio Histórico. Fotógrafo Antonio Carreta Passaporte.
Foto Loty

viernes, 1 de junio de 2012

Las Sedes del Instituto de Jovellanos.

Hace ya once años comenzabamos una tarea que por aquel entonces parecía muy lejana, pero que ahora, por fín, ve la luz: una historia en maquetas de todas las sedes que ha tenido el Instituto de Jovellanos. Como muchas cosas en la vida, empezó de una manera un tanto casual. Necesitábamos motivar a los nuevos alumnos de algo que dió en llamarse Diversificación con una tarea que aumentase su autoestima.

Así comienza el libro, «Las sedes del Instituto de Jovellanos» , sobre el cual trata la entrada de hoy.
Libro que recomiendo por su amenidad,( yo me lo leí de una sentada ), un viaje en el recuerdo por las sedes del Instituo  desde aquella en Cimavilla, hasta la actual, que todos los gijoneses conocemos. Sin olvidar algún proyecto que pudo ser y no fué.
Pero mejor que yo os dejo un articulo de Luis Miguel Piñera extraido de La Nueva España para que sea el con su prosa acertada el que lo presente.
Quiero dar las gracias, por su amabilidad, a Manolo López con el que contacté para pedirle permiso para publicar  las imágenes del libro, y por el libro. Lo guardaré como oro en paño.

Un libro que da luz en tiempos de sombras
«Las sedes del Instituto de Jovellanos», de Manuel Santiago López.

 Sobre la historia de Gijón se escribe mucho, y eso está bien. Escribir es, para muchas personas como una enfermedad contagiosa, una enfermedad que es transmitida por las previas lecturas. Es un virus que transmiten los propios libros a aquellos hombres y mujeres que frecuentan lugares tan extraordinarios como son las librerías y las bibliotecas. Es un hecho demostrado que todos los lectores tenaces y reincidentes están expuestos a ese contagio. Escribió el poeta Ángel González que el lector puro no existe, que en el interior de un lector apasionado siempre hay un escritor latente, agazapado? En esta época de «malos tiempos para la lírica» -de que hace tantos años ya nos hablaba Bertolt Brecht- nos sigue admirando que haya gijoneses que dediquen parte importante de su tiempo a investigar sobre el pasado de su ciudad. A realizar trabajos históricos muy documentados y donde se cuida hasta el mínimo detalle.

Hablamos, por ejemplo de «Las sedes del Instituto de Jovellanos», el primer libro de Manuel Santiago López Rodríguez, investigador latente, agazapado? Y hábil en muchas disciplinas como la biología, la pintura, las manualidades, la música y las sombras chinescas, entre otras pericias.

Nos repasa Manolo López las sedes que tuvo el Instituto. Desde la primera, en el año 1794 en la Casa del Fornu, en Cimavilla, hasta la actual, en la avenida de la Constitución, pasando por la conocida de la calle de Jovellanos, y también por otros lugares donde se instaló el centro educativo y de los que poco o nada conocíamos. Por ejemplo, estuvo un tiempo en el edificio donde funcionaba la fábrica de chocolates de Narciso Rodríguez Estrada, La Primitiva Indiana, en el paseo de Begoña. También estuvo el Instituto de Jovellanos, en tiempos republicanos, ocupando parte de lo que hoy es el colegio de la Inmaculada. Y ese recorrido lo hace el autor a través de las maquetas de esas sucesivas sedes que él mismo y sus alumnos realizaron, y con notable fidelidad histórica. Sus alumnos son los, teóricamente, «malos estudiantes». Aquellos agrupados en los llamados grupos de diversificación, aquellos que corren el peligro de quedar fuera del sistema educativo.

Asombrosa publicación , en estos tiempos umbríos donde ni la lírica ni el sentido común parecen estar de moda. Documentadísima en textos, planos y fotografías, y donde la alargada sombra de Jovellanos, como no podía ser de otra manera, nos da luz. Nos la seguirá dando, sin duda, así que pasen otros doscientos años, y aunque algunas sombras (no chinescas y nada jovellanistas) pretendan entenebrecernos el presente.


LUIS MIGUEL PIÑERA
Extraido de la Nueva España. Lunes 23 de enero de 2012















ESTE LIBRO NO SE VENDE EN LAS LIBRERIAS, SI ESTAIS INTERESADOS EN HACEROS CON UN EJEMPLAR, TENEIS QUE PASAR POR LA SECRETARÍA DEL REAL INSTITUO JOVELLANOS SITO EN LA AVENIDA DE LA CONSTITUCIÓN S. N.